Las anfetaminas formaron también parte de la tragedia de la excelente poeta Alejandra Pizarnik, una de las más importantes escritoras argentinas que es objeto de culto de las nuevas generaciones. En la madrugada del 25 de septiembre de 1972, Alejandra se suicidó tomando cincuenta pastillas de seconal sódico. Es una muerte ritual. Cuando sus amigos entraron a su departamento de la calle Montevideo, encontraron a sus muñecas maquilladas y entre sus papeles de trabajo, un texto perturbador: “No quiero ir más que hasta el fondo”. Fascinada por la imagen de los artistas malditos (Rimbaud, Artaud, Mallarmé), ella había querido construir “el poema del cuerpo con mi cuerpo”.

Su primer contacto con las anfetaminas no tuvo nada que ver con la poesía. En la década del ‘50, cuando iba al colegio secundario, todos la recuerdan gordita, con el delantal arrugado y las medias caídas y granitos en la cara. La escritora Cristina Piña cuenta que “a pesar de que ya había empezado a tomar Parobes (remedio para adelgazar hecho a base de anfetaminas), en uno de los bolsillos del delantal guarda los restos de unos adorados sandwiches de mortadela que, pese a la batalla contra la gordura, no puede dejar de comer”. Alejandra no era gorda, sino gordita, pero su lucha contra los kilos de más tenía que ver con un ideal de flacura que luego consagraría a la modelo Twiggy -que pesaba 42 kilos y parecía un chico desnutrido de Biafra- como el símbolo de la belleza femenina moderna.

Alejandra Pizarnik

Noctámbula empedernida, frecuentadora de cafés tanto en Buenos Aires como en París donde conoció a los más famosos escritores latinoamericanos y europeos, Alejandra Pizarnik abusó de las anfetaminas tanto para sostener su inspiración literaria como para combatir sus crisis depresivas. Pero su inicio en la adicción tiene que ver, como explica Cristina Piña, con su rebeldía frente a ese cuerpo que no condecía con sus búsquedas de belleza y espiritualidad.

A Alejandra Pizarnik sus amigos la llamaban “La Farmacia” por su adicción a las pastillas. No pertenecía al circuito rockero y hippie, sino a los cafés de la calle Florida, a las reuniones literarias con Silvina Ocampo, Manuel Mujica Láinez, Elvira Orphée, Alberto Girri u Olga Orozco, su gran consejera. Era una marginal exquisita, que se rebelaba contra la sociedad burguesa y se sentía parte de una aristocracia del espíritu.

Alejandra Pizarnik, como Tanguito y sus amigos, hacía también el culto al no dormir, ya que siempre trabajaba de noche. En 1965, Editorial Sudamericana publica su libro de poema “La noche y sus trabajos” en donde vuelca todas sus obsesiones.

 

En la noche, a tu lado,

las palabras son claves, son llaves

El deseo de morir es rey

 

Alejandra no concebía el amor como mañana radiante o como sol.

Tú hablas como la noche

te anuncias como la sed

 

Su vida y sus pasiones también tienen que ver con la oscuridad. Se define a sí misma como un puro errar nocturno:

he sido toda ofrenda

un puro errar

de loba en el bosque

en la noche de los cuerpos

 

Con sensibilidad femenina, su biógrafa Cristina Piña señala cómo la gordura fue su obsesión hasta sus últimos momentos. Ella que siempre se había escondido bajo vestimentas estrafalarias (sweaters y pantalones holgadísimos, tres talles más amplios de los que se correspondían), en sus últimos días solía fotografiarse desnuda o abrir la puerta de casa en bombacha y corpiño para escándalo de sus visitantes. Mostraba su cuerpo, porque después de tantas anfetaminas se había convertido en una mujer delgada, aunque cercana a la locura.

Alejandra Pizarnik no se puede comparar con Samantha, que con su ombligo al aire, dice por televisión que las “mujeres me envidian porque no tengo pancita”, pero es indudable que existe una relación entre drogadicción e ideales eróticos femeninos que persisten a través de los tiempos y reaparecen bajo distintas formas.

En mi generación, la moda Twiggy coincidió con la venta libre de las anfetaminas como remedio para adelgazar. Descubro que los narcos vendían cocaína a las adolescentes en los Estados Unidos argumentando que era buena para adelgazar. Actualmente, que se usa la onda cadáver o enferma, cuerpo esquelético y ojeras pronunciadas de tuberculosa como la modelo Stella Tenant, no es raro que la droga top sea el éxtasis, que se vendió hasta los años ‘20 como remedio anorexígeno.

Leyendo a Antonio Escohotado descubro que en algunas versiones medievales las brujas no eran horribles señoras de cabellos desgreñados, sino esbeltas jovencitas conocedoras de filtros, ungüentos y pomadas capaces de inducir a trances y viajes hipnóticos. Esos ungüentos eran hechos a base de hachís, flores de cáñamo hembra, opio y solanáceas, hongos y setas visionarias. La piel de sapo, animal preferido de esas damas, contiene una droga llamada dimetilprimtamina o DMT, parienta lejana del actual “éxtasis”. Las brujas no eran saludables matronas, sino flacas anoréxicas que se pasaban la noche adorando a Satán. En vez de ir a las discos, se encontraban en Sabbaths en medio del bosque, pero como muchas adolescentes de ombligo al aire tampoco dormían hasta el amanecer.

(Fragmento del libro “Noche tras Noche”, de Viviana Gorbato – Editorial Atlántida)