“La poesía no es de quien la escribe, si no de quien la necesita”.

Todos nos hemos dejado llevar por la fuerza y el encanto de nuestros sentimientos, todos somos poetas, algunos escribimos poesía, todos la vivimos, y ese sentimiento infinito es el que nos conecta y estimula no solo nuestro corazón, nuestra alma, sino también nuestro cerebro.

El lenguaje retórico estimula el cerebro, especialmente el área frontal. Estudios han demostrado que algunas figuras, como el oximorón, palabras con significado opuesto, “ruidoso silencio”,  son recibidos por nuestro cerebro como auténticos dulces, ya que para procesarlos utilizan más recursos de los habituales. Además hace funcionar el hemisferio derecho del cerebro, encargado, entre otras cosas, de la memoria autobiográfica. Es decir, que la poesía nos hace medir las palabras que recibimos con nuestra propia experiencia, mezclando intimamente la experiencia sensorial con la emocional.

Alexander Solodukhin

La poesía estimula más al cerebro que las imágenes, nos enfrenta con conceptos que no existen y nos obliga a usar todo nuestro potencial de visualización. Activa simultáneamente la parte frontal del cerebro y el hipocampo, para procesar el significado de los versos.

La poesía nos ayuda a descubrirnos. Nuestras pasiones, miedos y dudas pueden ser las que expresa un poeta moderno o alguno de hace siglos, porque la naturaleza humana siempre ha sido la misma y sus inquietudes son las nuestras.

Con las palabras justas, con la visión justa, un poema puede cambiar nuestra percepción. La capacidad de la poesía para transmitir imágenes y sentimientos es superior a otras formas literarias.

Leer poesía nos ayuda a conectar con nuestra propia identidad, nuestros problemas y sentimientos. Abrimos una ventana para sacar todo lo que llevamos dentro, así empezamos a respetar la relación con nosotros mismos, con nuestras emociones más profundas y con el entorno, así no hay duda de que podríamos vivir en una comunidad mucho más tolerante, entendiendo todos los mundos que habitan dentro de cada uno de nosotros. Nos volveremos más empáticos y así, seremos uno con el mundo, y nos acercaremos al estado de Walt Withman, volviéndonos inmensos, conteniendo multitudes.